Crítica de “Lion”, de Garth Davis

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El termino “Basada en hechos reales” es sinónimo de Oscar. Y es que, ¿a quién no le gusta conmoverse con los retratos que, con sus pequeñas licencias, adaptan momentos épicos que les han ocurrido a personas corrientes? El australiano Garth Harris adapta la novela “A Long Way Home” de Saroo Brierley (protagonista de la historia real).

Trasladándonos hasta la India, dónde accidentalmente el pequeño Saroo es apartado de su hogar y trasladado hasta otra parte del país, dónde a duras penas, consigue aprender a sobrevivir en una tierra en la que prácticamente nadie puede ayudarlo o prestarle asilo. Por suerte, una familia Australiana decide adoptarlo comenzando a si una nueva vida lejos de sus raíces. Sin embargo, Saroo no puede renunciar a la idea de que necesita volver a casa y reencontrarse con su familia. Gracias a los aportes de la era digital, comienza su largo camino de regreso.

En un mundo donde estamos tan expuestos a las imágenes más horribles y bellas que puede darnos la vida, uno no puede dejar de sorprenderse ante este tipo de hechos. Puras casualidades, en una historia en la que no hay malos (o al menos no da una gran importancia a ese tipo de personas en las que intentan aprovecharse de las desgracias ajenas),  donde vemos cómo la evolución tecnológica nos permite descubrir cosas increíbles, facilitándonos la vida de una forma que hace años era imposible creer. 80.000 niños se pierden en India cada año. Un dato cuanto menos sorprendente. Y es por ello que lo importante de la película es el mensaje familiar que transmite. A pesar de los inevitables conflictos e incomprensiones (reales como la vida misma), estos no dejan de ser puro amor entre madre e hijo, donde no importa la sangre sino el sentimiento que tenemos hacia una persona, lo que puede unirnos.

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La película tiene un primer acto delicioso, que nos ayuda a comprender de verdad cómo un lugar y unas costumbres marcan a una persona desde la niñez. Incluso cuando el personaje está lejos de todo, cuando está solo y en medio de miles de problemas, el personaje no se rinde y lucha por volver a esa paz natural e innegable que cada uno poseemos en casa. El pequeño Sunny Pawar se adueña de nuestra atención, con una interpretación adorablemente realista y fuerte. Lamentablemente, desde mi punto de vista, no quedo tan convencido con la edad adulta del personaje.

Dev Patel me parece un mero vehículo de transición contratado para el papel por ser probablemente el actor de origen indio más mundialmente conocido. Se echa en falta que no hayan apostado por alguien menos conocido, como en el caso del debutante Pawar. A pesar de conmoverme por su conflicto, su interpretación me deja generalmente indiferente. De hecho, esta segunda tanda pierde fuerza porque realmente no consigo creerme cómo van sucediendo los acontecimientos, cómo empieza esa idea cada vez más fuerte por volver a casa y cómo encuentra su camino. Porque sí, hay muchas cosas que ocurren por inercia en esa historia, pero echo en falta ver el verdadero viaje que sufre y realiza el personaje. Más bien yo esperaba un efecto contrario (quedar descontento con un comienzo demasiado sentimentaloide). Claramente el marketing se ha centrado en vender la historia con caras comerciales, a pesar de que finalmente lo que consigue conmocionarte es esa primera parte que verdaderamente logras sentir como fiel a la historia original.

Nicole Kidman pone la guinda a este precioso filme. Un papel que consigue renacer una carrera que llevaba probablemente desde “Rabbit Hole” (2011) sin sorprendernos. Es una gozada verla como reflejo de las madres adoptivas, personas que brindan una bondad inmensa. También aparece en escena la maravillosa Rooney Mara, que aporta una breve pero intensa historia de amor, planteando un conflicto interesante entre ambas partes de la relación.

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Durante toda la película suena el tema central de la banda sonora. Aunque pueda pecar de repetitivo, dota a la película de un fuerte sentimentalismo que junto a sus imágenes conforman una película preciosa para la vista. Debemos aplaudir su producción, pues la película ha sido rodada en su lugar de origen en Kolkata (Calcuta). A pesar de la polución y el gran número de habitantes que tiene, decidieron que era necesario respetar este aspecto y es algo que realmente se agradece y se nota. De hecho, la película concluye con la preciosa canción “Never Give Up” de Sia compuesta para la película,  mientras se proyectan imágenes con los protagonistas reales de la historia, aumentando aún más el nivel de emoción, implicando con el espectador.

No hay sorpresas. Es una película en la que sabes todo lo que va a ocurrir, pero la fuerza de la realidad que expone en los buenos y malos momentos, no puede evitar encogerte el corazón.

NOTA: 4/5

Juan Carlos Aldarias Villacañas

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