Crítica de “La Casa de la Esperanza”, de Niki Caro.

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En la última década Jessica Chastain se ha convertido en todo un referente en lo que se refiere al papel de la mujer en el cine. No solo desde su papel como actriz sino también como activista que defiende el valor de ser independiente en un sector muy masculinizado. Una apabullante carrera que sigue sumando títulos geniales como la recomendable Miss Sloane que aún esta en nuestras carteleras. Para este verano nos trae una nueva historia basada en hechos reales, La Casa de la Esperanza.

La historia nos traslada hasta el zoo de Varsovia. Un lugar regentado por el matrimonio Zabinski, una familia que ve amenazado su negocio con el inicio del Segunda Guerra Mundial. Lo que les lleva a convertir su refugio en una reserva de alimento militar, pero su humildad les hará actuar con valor protegiendo a un centenar de judíos bajo su casa con el fin de conseguir salvar las vidas de un gran número de personas condenadas a perecer en campos de concentración.

Si uno entra a la sala de cine a ver este producto ajeno de la trama de lo que se va a ver (como fue mi caso) no puede evitar entrar pensando que vamos a ver una película alegre, sobre el valor de respetar al mundo animal, una de esas películas que te encogen el corazón por la ternura que transmite. Y aunque sus primeros 10 minutos nos dan ese canto a la alegría muy a lo Sonrisas y Lágrimas, enseguida comienzan a caer las bombas. Literalmente. Todo espectador amante del entretenimiento está acostumbrado a este tipo de productos en los que se hace referencia al impacto social que tuvo uno de los acontecimientos históricos más atroces de la historia de la humanidad. Esa reiteración elimina el factor sorpresa y crea un peligroso efecto previsible, por lo que no nos queda más remedio que respirar hondo y ver que nos puede ofrecer. La Casa de la Esperanza es un juego a doble cara que por suerte acaba salvándose donde otras fracasan.

Su principal lastre es precisamente es esto último que comentábamos, tener una trama bastante previsible. Una montaña rusa emocional que te hace repudiar al ser humano y te deja completamente vacío, con pesadillas insólitas que increíblemente tuvieron lugar hace no tanto tiempo.  Con una Jessica Chastain que sufre constamente por la presión laboral, familiar y social que le génera este acontecimiento. Por lo tanto, solo quedan dos opciones o juegas o desistes. Inevitablemente el factor sentimental juega un factor en mi contra, así que decido ir a jugar y a disfrutar aunque mi decisión me haga menos crítico. Y es que la forma de narrar los acontecimientos, su pureza técnica, encogen el corazón no de la forma esperada inicialmente, pero haciéndote sentir vulnerable. Llegar a emocionar a alguien es realmente complicado, aunque algunos puedan tildarnos de ser débiles no deja de ser un don que aquí nos envuelve en un entretenimiento doctrinario. Haciendo que la película en líneas generales funcione.

La producción de este largometraje es una auténtica bomba de relojería. El tratamiento de cada animal y la involucración de la actriz con ellos esta exquisito. Tanto que de hecho es imposible saber si se han usado efectos especiales para la grabación. Acompañado por un cuidadoso diseño desde las zonas de los campos de concentración, hasta la destrucción del complejo del zoológico. Elementos estructurales que son una base visual imprescindible para que la historia funcione. Chastain se come al reparto, es la dueña y cumple de nuevo en su ejecución, un papel quizás más comedido pero sin duda una nueva oportunidad para mostrar sus dotes interpretativas. La acompañan el cada vez más internacional Daniel Bruhl (Eva, Good Bye Lenin!, Eva), Johan Heldenbergh (Alabama Monroe) o Michael McElhatton (Juego de Tronos), actores que se limitan a cumplir con su rol pero que tampoco trascienden demasiado.

Por consiguiente estamos ante un producto menor en la carrera de Jessica Chastain que seguramente pase sin relevancia por las carteleras pero que no deja de ser un digno relato sobre unos héroes de a pie del que curiosamente su zoo se mantiene abierto a día de hoy en Varsovia. Entretenimiento del bueno con una lección histórica y moral.

NOTA: 3/5

Juan Carlos Aldarias

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