Crítica de ‘Lo que esconde Silver Lake’, de David Robert Mitchell.

En 2015 el nombre de David Robert Mitchell quedó marcado dentro de la cultura cinéfila. Su cinta It follows, rompió el manido género de terror para ofrecer algo fresco. Cuatro años después el director regresa con Under the Silver Lake, un trabajo con el que vuelve a demostrar que sus artes cinematográficas son de lo más variopintas:

En su apartamento de urbanización prototipo de Los Angeles, Sam (Andrew Garfield) anda por la vida muerto de aburrimiento. Ningún aliciente hasta ese día en que descubre a una nueva vecina sexy, deslumbrante, inquietante, misteriosa y, de repente, desaparecida. Y aún hay mayores rarezas esperando a Sam, porque por el barrio anda suelto un asesino de perros…Esta nueva propuesta es una auténtica marcianada. Un homenaje al arte, concretamente al cine, pero con tiempo para hablar de música, comic, videojuegos… parece estar encerrada en un universo alternativo de la era dorada de Hollywood, del que cualquiera querría formar parte. Su buen hacer referencial acaba por convertirse en un ejercicio ambicioso, donde es prácticamente necesario un libro de estilo para comprender el universo por el que estás rodeado. He ahí, donde separa a la audiencia, los críticos especializados amarán esta ida de olla porque conocen las referencias, la audiencia coloquial saldrá espantada o adormilada de un espacio demasiado grandilocuente para la trama que pretenden narrar. Un hilo conductor que sabe llamar la atención a priori, pero que rápidamente se convierte en un espectáculo de fuegos artificiales en el que olvidas instantáneamente la ejecución de lo que acaba de tener lugar. Lo que vendría a ser una película de Transformers bien ejecutada, pero que produce la misma sensación, entre la absorción mental y la sobredosis.  

Parece estar predestinada a ser una película de culto. Una sensación previa que molesta ya que el cine de culto se crea con la conversación, la meditación, la conexión histórica del momento… es un evento que no puede crearse desde cero. La atmosfera lucha por ser moderna y diferente a todo lo que hayas visto, función que acaba siendo a ratos fascinante (la escena del piano es lo mejor del filme) y a la vez pedante ya que su espectacularidad es muy incomprensible. Sabe beber de la comedia romántica, del thriller, del cine de ciencia ficción, pero no consigue generar un producto con vida propio que realmente entregue un objetivo final, nada importa, es un viaje de autodescubrimiento rodeado de reflexiones existenciales egocéntricas, criticando a la juventud, que rompe totalmente con la idea romántica inicial que vende la cinta. Va construyendo una cinta llena de puzles y enigmas que llevan a historias más grandes, con cierta inconexión, confundiendo al espectador que no entiende que le están contando, ni porque se lo están contando. Sales de la sala de cine sintiéndote imbécil, pensando que esta adelantada a tu tiempo, quizás porque no conoces la información en la que se basa, da demasiado tiempo a mostrar sus referencias al pasado y no crea una estructura uniforme con sentido.   La presencia de Andrew Gardfield revaloriza el conjunto. Su paranoico personaje es una delicia, su gesticularidad, sus planteamientos, su look despreocupado le sientan como anillo al dedo a el actor. Visibiliza una vez más su versatilidad como actor tras quitarse las mallas de un superhéroe por el que parece que no se verá encasillado. Pocos rostros consiguen tener relevancia con sus personajes, siendo meras migajas de la psicodélica odisea del protagonista. Cabe mencionar la presencia de Topher Grace, interprete que tras una década en las sombras parece volver con ganas de posicionarse en la primera línea de juego. Muestra de ello es su brillante interpretación en la reciente Infiltrado en el KKKlan. Junto a él Jimi Simpson (Westworld), Zosia Mamet (Girls) o Riley Keough (Mad Max Fury Road), convirtiéndose en una ideal versión futurista de Marilyn Moonroe.

Un producto descafeinado que solo hará felices a aquellos consumidores acérrimos de la cultura pop. Al resto nos deja una nuevo oportunidad de disfrutar del buen hacer de Gardfield en un mundo demencialmente atractivo y perturbador, con la advertencia perpetua de que debemos informarnos sobre todas las referencias ocultas en esta cinta porque es una suerte poder verlos homenajeados ahora en la gran pantalla. Quizás la gran desinformación y los vaivenes de su hilo central hacen que su duración acabe por desquiciarme, creando un producto que olvidaré fácilmente pero que tal vez merezca una segunda oportunidad en el futuro. Un juego de misterio sin instrucciones en el que agradeces el intento de entretenimiento pero del que apenas consigues rescatar nada de la experiencia. Esperaba algo diferente de Robert Mitchell.  

NOTA: 2,5/5

Juan Carlos Aldarias.

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