Crítica de ‘Merlí: Sapere Aude. T2’, de Movistar +.

Imagen

En los últimos años la serie Merlí se ha convertido en un fenómeno inesperado. La producción catalana de la cadena de televisión TV3, caló en la sociedad al ser una ficción influenciada en cierta forma por películas como El club de los poetas muertos. Pero ante todo destaca por ser una serie juvenil diferente al resto. La visión filosófica de su grupo de peripatéticos aplicada a la vida diaria regalaba una enseñanza de lo cotidiano, para unos estudiantes de secundaria. Un producto con alma y diferentes puntos argumentales con miga, de los que los adolescentes podían adquirir cierto conocimiento didáctico, poco usual en la ficción de entretenimiento de este estilo. Por si fuera poco la serie pudo verse en la plataforma Netflix, ampliando sus horizontes por toda la península con tres temporadas de cuarenta episodios, que desembocaron en la llegada de un spin-off. El característico Pol Rubio recogió el testigo en su propia historia universitaria de la mano de Movistar + ¿Ha sabido la ficción estar a la altura?

Pol siempre fue el alumno predilecto de Merlí. Esta ficción sigue sus andanzas como estudiante en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona. Concretamente su segunda temporada inicia con las obras del paraninfo del edificio. El protagonista comenzará a entablar una relación especial con el encargado de las tareas de restauración del edificio, a medida que afronta una noticia que cambiará su vida para siempre. Este es el cierre de la serie con unos universitarios que concluyen el curso realizando un alegato, en un foro, sobre la importancia del amor para la humanidad. 

Si esta continuación tenía medianamente sentido fue claramente por Carlos Cuevas. Su personaje caradura, su belleza apolínea, dulce y a la vez ese carácter carismático, conquistaron a una legión de fans, que han catapultado la carrera de este joven intérprete como una de las jóvenes promesas más importantes de nuestra ficción nacional. Con sus más y sus menos, Merlí era una serie tan notable como redonda, pero su continuidad se justificaba por el interés que creaba este personaje, quien podría continuar el legado que despertaba el mentor de esta ficción, al que daba vida el genial Frances Orella. Sin embargo, esta primera entrega del spin-off personalmente me dejó algo frío. Parecía eludir su carácter filosófico, o al menos no centrar el grueso de la historia en la lección, siendo un producto centrado en un carpe diem, que desvirtuaba el alma de la serie original. 

Los creadores han sabido ser muy perspicaces para conseguir crear un anzuelo del que picar, para continuar sumergidos en la historia. Y es que su principal giro argumental, proponía un golpe sobre la mesa para la ficción española, exponiendo un tema crítico sobre el que estamos realmente desinformados en la primera línea de juego. Pero era una premisa poderosa que queda completamente normalizada y diluida a medida que avanza la trama, un punto central de la nueva temporada pero en el que no han jugado con todas las posibilidades que se le ofrecían. Al menos, las nuevas entregas aprovechan para abrirse a la diversidad con un interesante mundo de variedades por explorar, que siempre sabe a poco. Eso sí, las incorporaciones de Jordi Coll y Eusebio Poncela son el gran acierto de esta sesión.  

La temporada venía a resarcir los despuntes de la primera temporada, pero continúa siendo muy desigual por más que presente matices interesantes. Los veteranos dan entereza a la falta de garra del reparto juvenil, y claro que hay tablas detrás pero es que apenas se molestan en desarrollar unos arcos argumentales interesantes para ellos, que vayan más allá de una revolución hormonal. Las tramas secundarias son muy insulsas, donde sí que se salvan las tiranteces cómicas de la lucha de clases que protagonizan Carmen Conesa (dura como la piedra) y Boris Ruiz (el bonachón perspicaz). Es una serie hecha para el lucimiento de Pol Rubio, con la inverosímil llegada de un príncipe azul (Coll), que por más que de un relato bello y profundo desdibuja todo lo construido. Olvidan completamente la historia construida con Bruno (David Solans) tras el amago visto previamente, y al interés principal de la temporada anterior, Rai. El personaje de Pablo Capuz está completamente anclado al olvido, deja de interesar e inventan una trama rápida para sacarlo de la ficción. Dando un peso innecesarios a personajes “cómicos” que no aportan a la trama como ocurre con el caso de Arnau. Es una pena la desconstrucción de personajes que hay. 

Eusebio Poncela es lo mejor que le ha pasado a la serie. Su característica química con el personaje de Maria Pujalte, reúne a dos mentores llenos de solemnes lecciones. Sobre todo, da algo diferente con los referentes educacionales ya vistos, rompiendo con cualquier comparación. Dino, tiene una elocuencia para elevar cada palabra que suelta con picardía, siendo una nueva figura a seguir que abre la puerta a un nuevo universo rico para el crecimiento del personaje y la pérdida de prejuicios del espectador frente a los locales de ambiente. Un encantador y necesario trasfondo que se culmina con números musicales como el, Yo no soy esa de Mari Trini o las canciones de La casa azul y las piezas de música clásica, que son ya marca de la franquicia. Al igual que las pegadizas melodías instrumentales de Xavier Capellas. La serie sabe generar una atmósfera atractiva, aprovechando las alucinantes oportunidades que les ofrecen las localizaciones exteriores de Barcelona, pero toda su belleza visual, todo ese aire de nostalgia que despierta queda opacado por la pobreza argumental de un libreto optimista con buenas intenciones y poca miga. 

No sabemos quien ha tomado la decisión del cierre de la serie, pero ha sido apresurado y claramente insatisfactorio. El irregular y abrupto desenlace de Merlí se perdona frente al epílogo de esta continuación, con historias abiertas y personajes desaparecidos en combate. Acaban mal y pronto, resumiendo toda la etapa universitaria en un año de carrera. El legado que conlleva esta continuación, la trascendencia que alberga la serie, hacen pensar que merecía un final más redondo. Los habrá más indulgentes para comentar la trayectoria de la ficción, pero sinceramente creo que han generado un almagrama intrascendente que no aporta a lo presentado en su primera entrega televisiva. Tiene ciertos momentos memorables, más duele ver como han desaprovechado el potencial que había a su alrededor. Han alargado el chicle, ni sus intentos por abrazar la diversidad o reivindicar las luchas sociales tienen tanto peso, hay más moralina que moraleja en sus palabras. Al final siento que la ficción pretende mostrar la riqueza de este mundo variopinto, pero que esta secuela difumina su poder filosófico en pro de una revolución hormonal, ha desvirtuado por completo su función principal. 

NOTA: ★★

Juan Carlos Aldarias.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s