Crítica de ‘Dune’, de Denis Villeneuve.

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La ciencia ficción es un género cinematográfico, que utiliza representaciones especulativas basadas en la examinación de fenómenos imaginarios, normalmente acompañados de enseres tecnológicos y ambientaciones futuristas. Utilizado tanto para ser un vehículo de exploración de cuestiones filosóficas, como para ser una herramienta de entretenimiento, que en ocasiones puede ejercer una fuerte crítica política o social. La frustrada adaptación del Dune de Alejandro Jodorowsky sentó el precedente de la ciencia ficción moderna en el cine. Sin su trabajo no hubiera sido posible haber visto los universos de La guerra de las galaxias, Alien o Blade Runner, ya que todas beben del trabajo de la inacabada producción del chileno. La industria cinematográfica ha intentado extraer el potencial de una obra que está considerada como la Biblia de la ciencia ficción, pero su mundo complejo y adulto, ha demostrado que necesita las manos de un creador entregado, al que no se le coarten sus ideas. Para muestra el intento “fallido” de David Lynch, sometido a las exigencias del estudio en el 84.  Treinta y siete años después, Dune renace bajo la dirección del director más aclamado de los últimos tiempos: Denis Villenueve. 

Arrakis, el planeta del desierto, feudo de la familia Harkonnen desde hace generaciones, queda en manos de la Casa de los Atreides después de que el emperador ceda a la casa la explotación de las reservas de especia, una de las materias primas más valiosas de la galaxia y también una droga capaz de amplificar la conciencia y extender la vida. El duque Leto (Oscar Isaac), la dama Jessica (Rebecca Ferguson) y su hijo Paul Atreides (Timothée Chalamet) llegan a Dune con la esperanza de recuperar el renombre de su casa, pero pronto se verán envueltos en una trama de traiciones y engaños que los llevarán a cuestionar su confianza entre sus más allegados y a valorar a los lugareños de Dune, los Fremen, una estirpe de habitantes del desierto con una estrecha relación con la especia. 

La nueva versión de la novela de Frank Herbert debe entenderse como el apoteósico pasado, presente y futuro de la ciencia ficción. Un proyecto ambicioso que forma parte de la historia cinematográfica simplemente por el hecho de existir. Se distingue del blockbuster común, no tiene que recurrir al humor para captar la atención del espectador, se gana su enfoque gracias a la capacidad de percepción extrasensorial que hace de los elementos que rodean al conjunto. El desierto no había lucido tan atrayente desde la magnificencia de las arenas de Lawrence de Arabia (David Lean, 1962). Argumentalmente no deja de ser la típica historia del viaje del héroe, entre tramas palaciegas y un reforzado conflicto de agresividad climática (60 grados a la sombra, ojito).  Un relato que habla de un futuro no tan lejano, con el fin de los recursos materiales, ligado a la búsqueda de la figura de un paladín que restablezca la estabilidad del cosmos, conociendo al noble Paul Artreides y su evolución, a medida que va comprendiendo las características especiales que esconde su adn. La audacia está en ese mimo que respira la obra. Villeneuve consigue imprimir su alma con su enfoque, generando imágenes espectaculares que constantemente edifican belleza sobre un clima de ebullición caótica. Respirando amor por el material original por los cuatro costados. 

Hablamos de un trabajo tildado hasta ahora de inadactable.  Ya sea por la especie de maldición que hay tras el, para levantar el ansiado proyecto de “éxito”, o más bien por la complejidad y densidad de los recovecos que reúne el relato de Paul Atreides. Aunque me parece una adaptación bastante fiel, no la considero perfecta. Las escenas de acción podrían estar mejor pulidas en ciertas secuencias y la construcción de personajes se siente insuficiente (es un terreno complejo). Se componen por una  personalidad demasiado fría, no transmiten cercanía a medida que intentan abarcar con detalle los tramos de una historia que sin embargo, emite una visión muy tenue sobre los protagonistas. Sigue con precisión los pasajes de la novela, pero no conserva toda la profundidad de intenciones y capas de estos, que sí puede encontrarse si se lee el material original. Por tanto, es difícil empatizar con la mayoría de personajes, contando con un reparto atractivo que ve limitadas sus acciones. Ymira que todos lucen genial, tras esa apabullante presencia de la construcción de la personalidad mediante el maquillaje y vestuario. Al final, es una cinta para el lucimiento del precoz Timothée Chalamet, quien consigue mimetizarse perfectamente con los fantasmas de este icónico protagonista, que le sienta como anillo al dedo. Rescato también el talante de Rebeca Ferguson, como matriarca habilidosa y un camaleónico Stellan Skarsgard flotante, como un logrado antagonista de la función. 

Dune: Timothée Chalamet, Javier Bardem, null Zendaya, Rebecca Ferguson

Creo que las escenas de acción no están pulidas al máximo. Más allá de la espectacularidad que se siente en la ostentosidad de sus espacios brutalistas, impresionantes paisajes o puntos de cámara virtuosos (tendiendo a la exposición general o la precisión en detalle) que ayudan a elaborar la epicidad de los encuentros y las batallas expuestas…, no goza de la suficiente limpieza visual para comprender bien lo que sucede siempre en pantalla. Mención especial para el diseño de sonido, uno de los aspectos mejor trabajados de la cinta, y al abrumador trabajo de composición de Hans Zimmer. El músico sale de su zona de confort creando un interesante misticismo espacial, que tiende a una excesiva estridencia. Estamos ante un universo rico en posibilidades, que expone un gran vocabulario, conjunto de habilidades especiales y diferentes casas que pueden atosigar al espectador medio. Eso añadido a el excelente tono solemne que transmite el sello de autor que respira la cinta, la puede convertir en un producto denso para un público generalista, que no podrá evitar compararla con las sensaciones que produjo en su momento, Blade Runner 2049. Personalmente he sentido la aventura muy llevadera, creo que hacer un trabajo previo llevando la lectura de la novela realizada, permite que puedas ahondar más en los detalles del espectacular mundo de Dune. Es un trabajo complementario, que ahora da como resultado un increíble salto a un mundo de carne y hueso. Cabe recordar que esto solo es el preludio, su final abrupto es de lo más agridulce. Depende de su éxito que se realice una secuela, que aún no tiene luz verde. 

Se dice que el cine es terreno de valientes, el equipo de esta película representa el amor a un arte creativo por encima de las limitaciones comerciales. La historia que guarda puede parecer simple, mas si nos acercamos al material de estudio, podemos apreciar una simiente que sentó las bases para construir las imágenes de la ciencia ficción moderna que revolucionaría el concepto que hasta entonces se tenía del cine. La leyenda cinematográfica de Dune se ha perpetuado hasta nuestros días, en un viaje tan extraño como hermoso, que visibiliza la cara más cruel y dulce, del oficio de hacer cine.  Estamos ante un entretenimiento único, el emocionante trabajo de creación artístico y técnico tras la producción está de Oscar, luce como algo nuevo y diferente que debe verse en pantalla grande. A pesar de sus pequeñas limitaciones, es un trabajo impoluto que quizás no llegue al gran público, pero que ha nacido para ser una obra de culto. Un material del que he quedado profundamente enamorado. Acercaos a la novela original y contemplad el viaje gozando de este inmenso mastodonte.

NOTA: 4,5/5

Juan Carlos Aldarias.

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