Crítica de ‘Sin Tiempo Para Morir’, de Cary Joji Fukunaga.

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Quince años siendo el agente secreto britanico más famoso del cine. Daniel Craig, se despide del personaje de James Bond, dejando tras de sí, cinco largometrajes variopintos que marcaron un cambio evolutivo sobre una de las sagas más longevas del cine. El anterior capítulo Spectre (Sam Mendes, 2015) iba a ser el cierre de este periplo, pero los irregulares  resultados obtenidos animaron a sus responsables, a crear un final digno para el Bond de una nueva generación. Su elaboración ha sido toda una odisea, con la venta de derechos de la Metro-Goldwyn-Mayer, la salida del proyecto del director original (Danny Boyle), o un guion que pasaba de mano en mano, sin obtener el acabado final. Para colmo, la pandemia ha retrasado su estreno casi dos años, siendo la primera gran franquicia en iniciar el receso de cientos de lanzamientos cinématograficos por la pandemia. Aumentando el coste de una producción que se veía obligada a regrabar escenas, ya que los aparatos tecnológicos que salían en ella quedaban rápidamente anticuados. Por suerte, la espera ha acabado. Vuelve Bond. Vuelve el espectáculo. 

En la película número 25 de la saga, Bond ha dejado el servicio secreto y está disfrutando de una vida tranquila en Jamaica. Pero su calma no va a durar mucho tiempo. Su amigo de la CIA, Felix Leiter, aparece para pedirle ayuda. La misión de rescatar a un científico secuestrado resulta ser mucho más arriesgada de lo esperado, y lleva a Bond tras la pista de un misterioso villano armado con una nueva y peligrosa tecnología.

Sin tiempo para morir: Daniel Craig

Cary Joji Fukunaga (True Detective, 2014), recoge el complicado testigo, consiguiendo salir bien parado. El principal problema de la cinta, es su necesidad de mirar al pasado para cerrar cabos sueltos, cuando desde un comienzo intenta ser completamente independiente. Se siente un patrón repetitivo en el relato, algo que dificulta el desarrollo de la acción en su abultada duración. Hubiera sido una obra más destacable si fuera un trabajo que se desmarcará, pero la sombra de Spectre es demasiado alargada. En una era donde la franquicia de Fast and Furious, marcan el tope de la acción desmedida, este tipo de referentes se ven obligados a subir el listón para cautivar a la audiencia. Su escena de presentación se dilata en dos tiempos, construyendo un vaivén emocional muy atractivo, entre flashbacks, nostalgia y una exhibición alucinante de las posibilidades del Aston Martin. La nueva entrega se desmarca entregando un filme más luminoso, el ganador del Oscar Linus Sandgren (La La Land, 2016) rescata de la penumbra la sobriedad marcada que seguían las películas, exponiendo una atractiva puesta en escena repleta de destellos lumínicos. Además contamos por primera vez con la colaboración de Hans Zimmer, un acierto en la composición musical que insufla un refuerzo en la carga sentimental que necesita este épico desenlace.  

Algo que caracterizó a este nuevo Bond, fue la forma de reinventar al personaje. De ahí que optarán por un nuevo color de pelo y un semblante más rudo, sin perder su característico garbo elegante. Aunque quizás uno de los factores más destacables establecidos desde la genial Casino Royale (Martin Campbell, 2006), fue mostrar la vulnerabilidad de un protagonista que hasta ahora, había sido implacable. Esta nueva entrega sigue buscando nuevas facetas, nunca antes vistas, que conformen un perfil más humano del agente secreto. A sus 53 años, Craig demuestra seguir implicado en el proceso, como un hombre de acero, hecho para las escenas de riesgo. Entre los miembros del reparto que regresan, destaca la presencia de Léa Seydoux, como interés amoroso que consigue redimir a Bond de la oscuridad, permitiendo reafirmar a un personaje femenino con el arduo talante para evolucionar y ser autosuficiente, a pesar de la gravedad de los acontecimiento. Aunque no deja de sentirse como una víctima del conflicto. Un cliché que genera cierto interés por su implicación en la trama, pero siendo un factor que no llega a estar completamente pulido. Al menos, la actriz se desenvuelve estupendamente con lo que tiene. 

Sin tiempo para morir: Rami Malek

Curiosamente estamos ante un trabajo más coral de lo que cabría esperar. Bond ya no trabaja solo. Quizás nunca fue completamente independiente, pero en esta secuela es palpable el trabajo en equipo, siendo un aliciente agradable. Es cierto, que quedan más desaprovechadas las intervenciones de Ralph Fiennes, Ben Whishaw, Naomie Harris o Jeffrey Wright, con respecto a las anteriores entregas, dejando gran parte del protagonismo a la presentación del rol de Lashana Lynch. La actriz introduce un curioso y acertado cambio de paradigma, siendo junto a la intervención de Ana de Armas en la película, los grandes descubrimientos del título. La aparición estelar de la actriz hispana eclipsa a todos. Paloma, es una mujer encantadora, dulce con un delirante sentido del humor y además es letal. Dejándonos con la miel en los labios, para una intérprete que demuestra su genial versatilidad. En cuanto al villano, siento que no acaba de despegar. Rami Malek no consigue desprenderse de su cauto perfil reptiliano, con un psycho killer de interesante trasfondo en su debilidad por la vegetación y las toxinas, con una justificación simple y no demasiado trabajada. Su presentación es muy buena, mas cuando se quita la careta, el truco pierde efecto.

Personalmente siento una conexión especial con las cinco películas de Craig. Ha sido la recreación del personaje con el que he ido creciendo, por lo que es inevitable sentir cierto cariño hacía el trabajo del intérprete. Estas películas me han hecho valorar y disfrutar con el género de acción, algo que nunca hubiera esperado. Su actuación ha sido respetada, a la vez que cuestionada en reiteradas ocasiones, con una audiencia que se pregunta constantemente quién será la próxima encarnación de Bond. Sin tiempo para morir es inteligente, busca constantemente conocer la reacción del público, incluyendo diferentes cambios argumentales que respondan a un nuevo tipo de consumidor, y sobre todo, guíen los pasos para establecer la continuación de la franquicia. La obra consigue resarcir este último periodo (tras la indiferencia generada con Spectre), conformando el broche de oro para el legado que deja Daniel Craig. Aún sin ser el cierre perfecto, es un trabajo realmente disfrutable que en ocasiones consigue dejarte una sonrisa de oreja a oreja. Es una gozada volver a disfrutar de esos viajes de ensueño por el mundo, esas piruetas imposibles, una nueva trama intrigante y el acertado trabajo de pequeños alivios cómicos con la característica cadencia de Phoebe Waller-Bridge (Fleabag). Como viene siendo habitual, tenemos un conglomerado emocional de primera que ha caracterizado a James Bond, como referente del entretenimiento querido por todas la generaciones. 

NOTA:  3,5/5

Juan Carlos Aldarias.

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