Crítica de ‘Madres Paralelas’, de Pedro Almodóvar.

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Pedro Almódovar continúa su imparable carrera. Tres proyectos en tres años, donde ni siquiera los estragos de la pandemia han paralizado sus ganas de crear nuevos proyectos. Atrás quedan Dolor y Gloria (2019), y el Premio al Mejor Actor en Cannes y la nominación al Oscar de Antonio Banderas, o su primera incursión con el idioma extranjero con el cortometraje La voz humana (2020), protagonizado por Tilda Swinton. Dos ejemplos que son síntoma de la buena salud del director manchego, quien estrena ahora su largometraje número veintidós. Madres Paralelas, fue presentada en el último Festival de Venecia, obteniendo la distinción de la Copa Volpi a Mejor Actriz para Penélope Cruz. La actriz fetiche de Almodóvar, compone así, su sexta colaboración conjunta con un relato en el que viejos conocidos y nuevos integrantes del universo almodovariano se verán las caras, en una historia donde el cineasta se atreve a abrirse a uno de los capítulos más tortuosos de nuestra historia nacional.

Dos mujeres coinciden en una habitación de hospital donde van a dar a luz. Ambas están solteras y se quedaron embarazadas por accidente. Janis, de mediana edad, no se arrepiente y está exultante. La otra, Ana, una adolescente, está asustada, arrepentida y traumatizada. Janis intenta animarla mientras pasean por los pasillos del hospital. Las pocas palabras que intercambien en esas horas crearán un vínculo muy estrecho entre las dos, que por casualidad se desarrolla y se complica, cambiando sus vidas de forma decisiva.

Madres paralelas: Penélope Cruz, Milena Smit

Almódovar vuelve a rodearse como de costumbre de mujeres para dar voz a sus historias. La casualidad une a sus protagonistas, en una unión en pro de la sororidad. Dos matriarcas solteras que necesitan de esa protección que el mundo les ha negado, y que juntas consiguen salir adelante. Maravillosa esa escena de los partos en paralelo, con esos primeros planos sobre los rostros. Realizando así, un retrato que ahonda en las vicisitudes del mundo materno, y las distintas imágenes de maternidad que nos rodean, más allá de la idea primigenia. También es un trabajo que habla en favor del entendimiento, la comunicación interpersonal, y ese continuo silencio cabezota que nos lleva a no afrontar los necesarios cambios sociales, a no denunciar cada pequeña o gran injusticia. Un largometraje que no es sutil, va directa a incomodar, reafirmando su calificativo de autor políticamente incorrecto. Abruma la cantidad de temas controversiales que intenta abordar (demasiados quizás), cuestionando como las acciones humanas pueden generar grandes historias de desamparo. Acertadamente consigue generar una pieza delicada, generando equilibrio a partir de un drama crudo, con pequeños destellos de comedia muy bien hilada.

Estamos ante un trabajo a dos. Desde Volver (2006), no nos encontrábamos con una Penélope Cruz tan descarnada, en un proceso transitivo que la lleva hacia un doloroso parto emocional. Explorando ese instinto sobreprotector que emana del ser, rodeado por inestables líneas de inseguridad. Milena Smit es el segundo punto de apoyo del filme, adaptándose genial al universo almodovariano. Ojo, este es su segundo trabajo para la gran pantalla, sorprendiendo la soltura que tiene frente la cámara, en un registro de bastante densidad, con la cuidada ternura de un personaje quebrantado. La tercera mujer en discordia es una grande de nuestro cine, Aitana Sánchez Gijón firma su primera colaboración con el autor, en un personaje más breve que el de sus compañeras, pero jugoso, muy diferente a lo que nos tiene acostumbrado, ofreciendo un buen par de monólogos. Cierran el buen hacer de nuevas incursiones como las de Israel Elejalde, cameos representativos como el de Daniela Santiago, e incluso viejas conocidas como los casos de Rossy de Palma y Julieta Serrano, que engrandecen el conjunto. Además, aprovecha para presentar a esos característicos robaescenas de su cine que tanto nos encantan, como ocurre en este caso, con la actriz Carmen Flores (buen momento para reivindicar Mi querida Cofradía (Marta Diaz, 2018)).  

Madres paralelas: Penélope
        Cruz

Toda la acción está narrada tras el objetivo de la cámara, y los carretes del universo laboral de su protagonista. Intercambiando a través de secuencias de sesiones fotográficas, en las que el espectador coge aire y aprecia texto e imagen, cual momento de reflexión como quien observa un bodegón. Demostrando una vez más su amor por el oficio artesanal y cultural (sus escenas de cocina, el homenaje a Janis Joplis), recopilando con pequeños segmentos detalles hermosos. A su peculiar puesta en escena de colores llamativos, se vuelve a sumar un distintivo clásico del cineasta manchego. Alberto Iglesias elabora la genial música que junto a una composición de planos muy cortos, fomentan la creación de un trabajo crudo e intimista. Esa cercanía en la imagen, es la que nos permite aumentar la empatía hacía los personajes, a pesar de la extraña realidad, rodeada de situaciones y acciones algo surrealistas en ocasiones que les acompañan. Consigue aunar lo mejor de sus clásicos de los 90 y principios del 2000, con su pausada narrativa contemporánea. 

Buscar respuestas para cerrar heridas, eso es Madres Paralelas. Con este nuevo trabajo Almódovar se pronuncia, realizando su propia incursión hacia el conflicto de la Guerra Civil española. Entregando un alegato emocionante para ese pozo de sueños truncados. Conectando casualmente con la realidad, y la reciente reformulación de la Ley de Memoria Democrática. Un objeto conductor, que sirve para hablar del desamparo materno, con la opresión de aquellas que se salen de la línea, pero también habla de la importancia de construir una familia (o una estructura de confianza), que no tiene porqué estar ligada por la consanguinidad. De toda situación conflictiva renacemos, pero con la obligación de ser conscientes de perpetuar y proteger el legado inherente de nuestros antecesores. No deja de ser una metáfora de la reconstrucción social que ha germinado tras el proceso bélico, y una carta a la memoria directa al aprendizaje de las nuevas generaciones. En definitiva, una mezcolanza temática que dividirá a la audiencia, pero que sin lugar a dudas sigue siendo un trabajo notable para su rica filmografía. Dejando ese sabor añejo tan agradable que diferencia al cine de un autor, agradecidamente valiente.  

  • Si os interesa conocer testimonios reales sobre la lucha de las víctimas del franquismo, es muy recomendable visionar el documental El silencio de otros (Almudena Carracedo, Robert Bahar, 2018).  

NOTA: ★★★★

Juan Carlos Aldarias

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