Crítica de ‘Las Leyes de la Frontera’, de Daniel Monzón.

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Daniel Monzón, es uno de los directores mejor consolidados de nuestra cinematografía reciente. Amante de los entramados de suspense, y la pirotecnia en las escenas de acción, ha tenido olfato para conseguir éxitos de taquilla (Yucatán, El Niño), pero además tiene en su haber una de las películas más mejor valoradas de los últimos años: Celda 211. Cinta ganadora de 8 Premios Goya, incluyendo la Mejor Dirección para Monzón. En su regreso a la pantalla grande, levanta una gran producción basada en la novela de Javier Cercas, Las leyes de la frontera. Una de las grandes superproducciones españolas del año, y la gran propuesta patria de Warner Bros de cara a los próximos certámenes de premios. 

En el verano de 1978, cuando España no ha salido aún del franquismo y no termina de entrar en la democracia y las fronteras sociales y morales parecen más porosas que nunca, un adolescente llamado Ignacio Cañas conoce por casualidad al Zarco y a Tere, dos delincuentes de su edad, y ese encuentro cambiará para siempre su vida. Así, a través de un relato que no concede un instante de tregua, escondiendo su extraordinaria complejidad bajo una superficie transparente, la película se convierte en una apasionada pesquisa sobre los límites de nuestra libertad, sobre las motivaciones inescrutables de nuestros actos y sobre la naturaleza inasible de la verdad. 

Da la impresión de que el proyecto ha sido un deseo goloso del cineasta, por revivir un género que había quedado olvidado. Estamos ante un claro homenaje al cine quinqui. Invención patria, creada para retratar la vida de delincuencia creciente de la juventud entre los años 70 y 80. Casi un precedente del cine social/documental, que recupera ese aire de nostalgia para hacer un viaje en el tiempo, retratando la llegada de una sociedad española revolucionaria. El largometraje consigue dejar huella, tiene alma, es muy fácil seguir el proceso de su protagonista, sin embargo se vende fácilmente a los clichés. Recurre a innecesarios y poco logrados flashbacks, pero además, no hay desarrollo de conciencia sobre los acontecimientos. Quizás porque el propio género no buscaba sacar conclusiones, sino exponer una realidad, mas en los tiempos que corren se siente algo incompleto el conjunto. El giro final resolutivo del caso no se acaba de entender, y eso no tiene justificación. A pesar de estar contada con fluidez, resulta algo confusa. 

Basando toda la narrativa en ese ímpetu, de un joven que se deja llevar por un torrente de adrenalina, dejando atrás una vida correctamente normativa, porque se enamora de la chica de turno. Le falta algo de garra al texto, la forma de contar toda esa revolución erótico-psicodelica, hablando de un cambio social, que como producto audiovisual se siente denso y reiterativo. Por suerte, el gran aliciente del espectáculo son sus escenas de acción, las persecuciones están rodadas de manera magistral, consiguen hacerte partícipe de la tensión, de esa historia de suspense policial. Entregando una película muy atractiva a nivel técnico y visual. Otro de los factores destacables es su diseño de producción, una bellísima reconstrucción de la Barcelona del último cambio de tercio de siglo, a la que se ha acusado de ser demasiado preciosista. Es una obra a la que le falta suciedad, la sensación de habitar en los suburbios, entender esa necesidad de buscar alicientes ante ninguna falta de estímulo. Es algo incoherente ver a sus protagonistas impolutos, luciendo ropa retro de marca que podríamos ver ahora por la calle.

Valoro la decisión de contar con caras nuevas para el protagonismo del largometraje. Por mucho que Marcos Ruiz y su protagonista nerd, luzca abdominales desde el minuto cero. Pequeños detalles que hacen poco realista la acción, aunque el intérprete demuestra la suficiente entereza para desarrollar la evolución del personaje, que junto a la forma en la que está narrada la cinta, es uno de los factores empáticos mejor tratados, y a fin de cuentas lo que hace que el filme funcione. Están logradas las diferentes personalidades del trío, con una interesante Begoña Vargas indómita. Y la voz rota, penetrante de Chechu Salgado, en una reinterpretación del matón cabecilla, que le sienta perfecto (con un aire a Malamadre). Cuesta creer que representen a jóvenes adolescentes, un problema recurrente en las elecciones de casting, aunque los tres son rostros llamativos inteligentemente seleccionados para atraer al público juvenil. También se agradece el trasfondo familiar que rodea al protagonista. Mostrando otro foco del conflicto de personajes que sufren las acciones de sus progenitores. Un trío de pequeñas dosis de participación, pero muy bien equiparado gracias a la labor de geniales intérpretes como: Ainhoa Santamaría, Santiago Molero y Elisabeth Casanovas. 

Las leyes de la frontera es un pasatiempo muy resultón, sin gran trasfondo. Superproducción que se luce en su apartado de recreación y en las impresionantes escenas de acción.  Un trabajo que habla de un grupo de supervivientes, contada con una interesante audacia entre recursos musicales atrayentes que representan a una generación, amante del carácter patrio del flamenco, que poco a poco se abría a la revolución del rock. La elección de temas musicales es uno de los mejores puntos de la cinta. Sin embargo, es una obra que se estanca con facilidad (su duración se hace abultada), con unos rebeldes sin causa por encima de las leyes éticas y morales, rodeados por una serie de decisiones argumentales, en las que no se entiende la intencionalidad. Aún así, es un correcto entretenimiento en torno a la típica trama del adolescente que sale del cascarón para comenzar a disfrutar de una nueva forma de entender la vida, en ese traspaso a la edad adulta. Con unos protagonistas convincentes, que podrían entrar en las quinielas a intérpretes revelación de los próximos Premios Goya. No acaba de ser efectiva, pero se deja ver. 

NOTA: 2,5/5

Juan Carlos Aldarias.

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