Crítica de ‘Llenos de Gracia’, de Roberto Bueso.

Los profesores y el cine han estado ligados desde tiempos inmemoriales. Ejemplos como El club de los poetas muertos, Mentes Peligrosas, Sister Act 2, Los chicos del coro, Escuela de Rock… o títulos españoles como La lengua de las mariposas o la más reciente Uno para todos. Un subgénero en sí mismo imperecedero, relacionado en la mayoría de los casos con el cine familiar, protagonizadas por una panda de listillos adelantados a su tiempo, quienes están a punto comprender una gran lección de vida. Una de las grandes propuestas españolas de este verano es Llenos de gracia, película inspirada en la historia real del futbolista Vladimiro Lopez Rocha (‘Valdo’), y de la hermana Marina quien lo educó en su infancia. Un trabajo presentado fuera de concurso en el pasado Festival de Málaga, marcando la segunda incursión del cineasta Roberto Bueso en el largometraje. En 2019, su ópera prima La banda, consiguió hacer mella en el terreno de la ficción independiente, llegando a ser distinguida en los Premios Feroz. Su nueva cinta parece seguir el marcado estilo de Bueso, narrando desde la ternura como principal instrumento de artesanía.

La hermana Marina es enviada a principios de los años noventa a El Parral, un orfanato amenazado de cierre. A su llegada al colegio, los niños están fuera de control, pero Marina capta su atención con su carisma y desparpajo. Los chicos comienzan a mirar con curiosidad a esta nueva monja inmune a sus gamberradas. Sobre todo Valdo, con el que Marina conecta de una manera especial. Cuando Marina descubre las escapadas nocturnas de los chavales, algo prohibido, da con la idea que cambiará para siempre El Parral: formar un equipo de fútbol.

Puede que el objeto de unión esperanzador que envuelve al largometraje genere el rechazo de los espectadores menos familiarizados con el deporte, sin embargo el fútbol es un mero instrumento que sirve de excusa para relatar esta gran aventura. Los buenos propósitos se anteponen en un relato de convivencia y comunicación entre adultos e infantes con una serie de enseñanzas que invitan a enfrentarse a la vida sin miedo. Siendo una comedia de corte infantil, no puede evitar caer en ciertos tópicos sobre la hombría y el estallido hormonal en el contenido de sus puntos cómicos, aunque sin resultar ofensiva o reiterativa. De hecho, su comedia tiene bastante chispa y consigue ser imprevisible. La curiosidad es el arma principal que guía el corazón de sus protagonistas, no presenta grandes retos o afrentas, pero es lo suficientemente amena como para resultar atractiva para los infantes y en cierta forma nostalgia para los más adultos. Invitando como es usual a construir buenos principios desde la interacción, trabajando en equipo contra las adversidades. Consigue emitir cierto aire luminoso en el que es imposible no esbozar una sonrisa recurrente. Además como viene siendo usual es una carta perfecta para vencer a los prejuicios, con la visión de una monja que disfruta leyendo relatos de ciencia ficción para incredulidad de sus pupilos. Entregando esa lección vital sin los encorsetamientos que muchas veces la sociedad o las instituciones nos imponen, invitando a crear una sensación de ruptura frente al  sesgo que muchas veces nos imponemos por inercia frente al mundo exterior. 

Aunque son pocas las sorpresas que podemos encontrar a priori en la propuesta, gran parte del potencial de la cinta radica en su elenco. Capitaneados por la siempre encantadora Carmen Machi, en una reinvención patria de Julie Andrews que combina el corazón de froilen María en Sonrisas y lágrimas (1965), con la picardía astuta de Mary Poppins. Una protagonista que no se amedrenta frente a las peripecias de un grupo de infantes revolucionados, excelentemente seleccionados en su proceso de casting, pues para variar gozan de una personalidad característicamente agradable. Las producciones con intérpretes juveniles suelen pecar de falta de naturalidad, o de transmitir poca empatía, sin embargo aquí no es el caso, siendo su unidad una de las grandes bazas de la cinta. Los secundarios también aportan su buen hacer al conjunto, a pesar de jugar en roles más arquetípicos. Observando el contraste de la comunidad eclesiástica más severa  (siempre es grato reencontrarse con Nuria Gonzalez en pantalla) e inocente (Paula Usero) del recinto, junto al personaje antagonista (Manolo Solo) que viene a generar el contrapunto dramático. Por su parte es el conocido rostro televisivo, Pablo Chiapela, quien se lleva gran parte del humor de la cinta con personaje anclado en la desidia, pero que a diferencia de las comedias actuales, no se superpone al resto cumpliendo en su aportación bien dosificada.  

El largometraje presenta un divertimento emocional bien compensado. El característico aire valenciano que emana la cinta, junto al buen acabado de temas alegres de la propuesta musical de Vicente Ortiz Gimeno, dan un valor especial a la cinta. La buena elección del reparto de intérpretes eleva una cinta corriente, a un pasatiempo de gran calidad. Cabiendo destacar la labor de su autor, pues Busero ejerce tras la cámara y también como guionista de la cinta, junto al debutante en el largometraje Óscar Díaz Cruz. Al igual que hizo con La banda el autor demuestra una peculiar delicadeza como narrador emocional, algo de lo que peca generalmente nuestro cine en el que cuesta encontrar propuestas familiares o de un carácter sentimental que perduren en el tiempo. Llenos de gracia es una propuesta amable ideal para amenizar el calor veraniego, luciendo una simpatía admirable de la que muchas propuestas cinematográficas querrían gozar.  

Nota: 3,5/5

Juan Carlos Aldarias.

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