Crítica de ‘Downton Abbey: Una Nueva Era’, de Simon Curtis

Downton Abbey es historia de la televisión. El castillo victoriano de Highclere se ha convertido en un emblema cultural, gracias a una ficción rodeada por la majestuosidad técnica, reconocida con 9 premios Emmy. Su precisión en detalle, una decoración y un vestuario exquisitos han referenciado a este serial que inició sus andanzas en la cadena ITV en el año 2010. Su primera traslación al cine significó un sueño hecho realidad para sus seguidores, siendo también una oportunidad perfecta para conectar de forma independiente con nuevos adeptos. Miniserie que ha servido para asentar las carreras de grandes nombres de la interpretación inglesa y estadounidense, dando a se vez, una oportunidad a nuevas promesas, como han sido los casos de: Lily James (Mamma Mia 2), Rose Leslie (Juego de tronos) o Dans Stevens (La bella y la bestia); quienes han obtenido una mayor trascendencia profesional tras su paso por la ficción. La fiebre por el producto no parece tocar techo con esta continuación que deja muy buen sabor de boca. 

La historia sigue a una familia aristocrática a principios del siglo XX, residentes de una impresionante mansión de la campiña inglesa. Las vivencias de la nobleza y su servicio se entremezclan en sus tramas, acompañadas por sus característicos diálogos aderezados con un ingenioso sentido del humor. En esta ocasión, los protagonistas viajarán al sur de Francia, donde descubrirán el misterio sobre una villa recién heredada por la condesa Violet Crawley (Maggie Smith).

Lo mejor de esta continuación es la audacia de cómo saben traer un nuevo capítulo estimulante, donde no tienes que estar al tanto de los acontecimientos pasados. De manera que funciona a su vez como relato independiente, además de seguir un enlace con la línea consecutiva marcada. Mismamente un servidor se quedó en la cuarta temporada de la serie, sin llegar a presenciar su salto a la pantalla grande. Le perdí la pista a través de sus doce años de historia. Sin embargo, parece que el tiempo no pasa para esta familia. Aunque sí que ha ido creciendo en número, entre una pequeña prole que parece tímidamente querer emerger, llegan nuevos personajes a las inmediaciones de esta familia de alta clase (gran elección contar con Hugh Dancy y Dominic West). De hecho, ya casi no caben en el poster promocional de la cinta. El caso es que si la marca se mantiene intacta es por el cariño de Julian Fellowes, creador de la serie, que sigue presente en el guion de los dos largometrajes. Tanto el cariño del autor, como el de sus intérpretes por el proyecto consigue ser transmitido en el lenguaje audiovisual. Es un trabajo que podría pecar de ser demasiado cursi, o con poca sustancia argumental, pero cuenta con los elementos necesarios para seguir invitando a pasar una velada encantadora.  

Claramente hay que observar el relato desde la distancia ficcionada que relata. No deja de mostrar una versión muy benevolente de la aristocracia inglesa. Más su riqueza está en como sabe separar los títulos nobiliarios, para mostrar la humanidad de cada personaje. Precisamente la conexión interpersonal se ve en una trama que nos lleva a entender la funcionalidad de la improvisación, visible tanto en un espacio de rodaje, como en la gestión del hogar. Todo bajo la premisa de vencer los prejuicios e inseguridades, marcados por seres humanos que miran con incertidumbre al futuro, pero que consiguen respetarse a través de la educación, disipando las líneas sociales que siguen la consanguinidad familiar. En definitiva, consigue conectar con nuestra realidad bajo la premisa crucial de aprender a sobrevivir a los eventos inesperados, aprendiendo de cada experiencia. Una buena base de principios morales caracterizada por esa puesta en escena de espacios y paisajes de ensueño con esa banda sonora engrandecedora que eriza la piel. La música de John Lunn es un sello insignia que complementa el encanto y la clase de la época que consiguen captar. 

Su adaptación al cine, modifica el tiempo narrativo en el montaje, con un ritmo más ligero que le sienta genial. Dando así, un mayor espacio a la gran cantidad de personajes, mientras asistimos a la evolución de los mismos. A grosso modo se diferencia en dos grandes tramas funcionales; con un viaje a Francia que le da un toque vistoso por una parte, y un inmersión al mundo cinematográfico de los años 20. Es ahí, precisamente en esa función metacinematográfica donde mejor funciona la estupefacción e ilusión de los involucrados. Destacando el legado presidencial de una Michelle Dockery que cada vez parece más consolidada, para continuar el testigo de una Magguie Smith que ve una vez más engrandecido su legado artístico con este magnífico personaje. Ella es el símbolo de la serie, aunque pueda parecer que merman sus apariciones, aún hay espacio para su afilado sarcasmo de deliciosos rifirrafes junto a Penelope Wilton e Imelda Stauton.   


Se suele decir que no hay dos sin tres. Aunque esta entrega tiene un cierre digno, además de que parece superar a su predecesora, lo importante, es que Downton Abbey sigue conservando su magia original. Se mantiene como un planteamiento que sabe albergar un abanico extenso sobre los cambios sociales acontecidos tras la Primera Guerra Mundial. La gran diferenciación temática argumental, ayuda a continuar empatizando con sus protagonistas. Trabajando perfiles desde la nobleza del ser, haciendo que fácilmente te sientas uno más de la familia. Se hace patente ese aire de “una nueva era”, que reza el subtítulo, con líneas que evocan a una igualdad de oportunidades más diversa y esperanzadora, o incluso con una libertad cuestionada. Hablando directamente a las nuevas generaciones, cuestionandonos si verdaderamente hemos evolucionado en ciertos aspectos igualitarios a lo largo de casi una centena. Estamos ante un viaje de sonrisas y lágrimas marcado por la felicidad más pura, quizás en un contexto demasiado idílico, al que se le pueden ver ciertas costuras, pero que evita cualquier cuestionamiento por lo bien que sabe hilar la función y su espectacular atmósfera a nivel técnico y visual. Invita a soñar a pesar de las inclemencias, y lo cierto es que a nadie le sienta mal un dulce.

NOTA: ★★★★

Juan Carlos Aldarias

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