Crítica de ‘Top Gun: Maverick’, de Joseph Kosinski.

Recién llegada de su presentación en el Festival de Cannes, llega a las salas una de las cintas más postergadas por causa de la pandemia. Se estrena Top Gun : Maverick, secuela de una de las más exitosas películas de aviación de todos los tiempos. La cinta de 1986 es un buen entretenimiento de acción y aventuras sin pretensiones, que lo tenía todo para triunfar. Intérpretes jóvenes en alza, una gran banda sonora con un tema principal inmortal ganador del Globo de Oro y el Oscar. Una historia de amor imposible, rivalidad, amistad, drama, un vestuario muy variopinto… La historia nos llevaba hasta Top Gun, la base aérea militar estadounidense más prestigiosa. En ella un impulsivo piloto, atormentado por la misteriosa muerte de su padre, competía por hacerse con el prestigioso trofeo anual de excelencia (no se rompieron mucho la cabeza los guionistas). Un Oficial y caballero 2.0, acompañado por una estética de videoclip a lo MTV. Y el resultado fue perfecto. Tras la dirección se encontraba Tony Scott, hermanísimo del visionario Ridley Scott, con quien fundaría su propia productora. Tras el éxito de la primera película, se creo un guion para la secuela llegando a estar en conversaciones en 2012, pero el posterior suicidio del cineasta retraso el proyecto. Es ahora, John Krasinsky quien se pone a cargo de esta “re-cuela”, quien ya tuvo una experiencia similar con la satisfactoria Tron Legacy, en el año 2010. 

Después de más de 30 años de servicio como uno de los mejores aviadores de la Armada, Pete «Mavericks» Mitchel (Tom Cruise) se encuentra donde siempre quiso estar, superando los límites como un valiente piloto de pruebas y esquivando el ascenso de rango, que no le dejaría volar emplazándolo en tierra. Cuando se encuentra entrenando a un grupo de graduados de Top Gun para una misión especializada, Maverick se encuentra allí con el teniente Bradley Bradshaw (Miles Teller), el hijo de su difunto amigo «Goose», con quien guarda un estrecho vínculo. Las emociones personales y una misión trepidante, convergen ante el primer gran plato fuerte de temporada cinematográfica veraniega.  

Top Gun fue el primer gran éxito de la carrera de Tom Cruise, quien con solo 23 añitos fue elegido para el papel ya que los guionistas pensaron directamente en él, para dar vida a Maverick. Tras una infancia complicada Cruise se debatía entre el acceso al seminario catolico (la cienciología vendría después), pero finalmente se decantó por la actuación. Se convirtió en una de las estrellas más rentables de la historia del cine moderno, con 3 nominaciones al Oscar. Un emblema del cine de acción empeñado en grabar sus propias escenas de riesgo sin dobles. Reconozco que no soy un gran fan del género, pero tuve un grato acercamiento con la última entrega de Misión Imposible  (Fallout, 2018). Además, ir observando la filmografía de Cruise me ha hecho reconocer que no es solo una cara bonita, siendo alguien realmente comprometido con sus proyectos. Probablemente la anterior entrega cause indiferencia a la mayoría, tildando a esta continuación de innecesaria, pero es una producción estudiada al milímetro para sorprender a la audiencia. Desde las primeras notas musicales de Hans Zimmer (recién llegado de recoger su segundo Oscar), en los títulos iniciales, comienzas a vibrar en la butaca. 

Cumple con todas las reglas de estas instauradas “re-cuelas”, como bien indicaba la última secuela de Scream (2022). Es funcionalmente previsible, aludiendo recurrentemente a la nostalgia, pero sabiendo generar un equilibrio para a su vez conseguir crear una historia independiente. Ver de nuevo a Cruise a sus casi 60 años, esta vez como mentor, es un auténtico regalo. Es un filme que sabe transmitir con audacia la presión que alberga esta profesión de altura, nos hace conscientes del peligro, invitando a celebrar la emoción de estar vivo bajo el lema convincente: “No lo pienses, solo actúa”.  Todo ello siendo fiel a los principios trasladados en la primera entrega contrastando el trabajo en equipo con la lucha de egos, bajo el buenrollismo californiano fiel al deporte de playa y figuras atléticas de fondo. Consiguiendo un equilibrio muy bien compensado como producto de entretenimiento, combinando el mejor cine de espías, con un afilado sentido del humor, bajo la firma de una poderosa construcción emocional. Y ese efecto se potencia por un acertado reparto. 

Aunque las nuevas incorporaciones del equipo de pilotos pasan bastante desapercibidas, en general el elenco salva los platos. El interés romántico interpretado por Kelly McGillis, es directamente borrado de la historia, lo que habla fatal de la industria cinematográfica, pero hay que reconocer que no se le puede poner un pero a la sustitución. Jennifer Connelly es un recambio estupendo, hacía años que no se veía tan bien, conectando precisamente como icono las antiguas generaciones. Siendo realmente agradable, ver a una pareja de mediana edad en el rol principal de un blockbuster de acción. Cumpliendo con creces en su química con el protagonista y demostrando que sabe ir un paso por delante de este. Miss Tiller cumple convincentemente como púpilo precursor del legado establecido, siendo su relación con Cruise el alma de la cinta. También cabe mencionar el perfecto desempeño de Glenn Powell, como un entrometido y listillo contrapunto del personaje de Tiller. O un John Hann como recurrente cascarrabias, como punto dramático. Pero el rey de la función, obviamente, es Tom Cruise: el héroe de acción definitivo. Quien continúa repitiendo un irresistible rol de galán, con una capacidad innata para meterse en líos y ser cuestionado por sus superiores. Sabe generar un efecto encantador, respirando un aire de vitalidad envidiable.

Aunque la auténtica característica que define al cine son sus escenas de acción prácticas. El salto a nivel visual en estos 36 años de distancia es abismal, pudiendo apreciar más hábilmente los movimientos de aeronaves y el transcurso de la misión. Se le suma el uso de un nuevo plano en primera persona, con una perspectiva más amplia de lo que ocurre dentro de la cabina. Es impresionante cómo está rodada, llegando a dudar sorprendidos, sobre la autenticidad de las imágenes que se observan. La adrenalina va en aumento, sufriendo con el arco final incluso cuando sabes que es difícil que la historia acabe mal. Se crea un precioso baile aéreo del que es imposible no salir emocionado. Todo genialmente aderezado, por un brutal trabajo del departamento de sonido y una resonante música. La composición musical de Zimmer casa perfectamente, como viene siendo habitual gracias a esa magnificencia épica que sabe captar. Recuperando además temas de la anterior entrega y, con un tema central, como nuevo recurso romántico pegadizo interpretado por Lady Gaga, quien también ha colaborado en el desarrollo de la banda sonora. Asimismo, la elección de canciones musicales de rock ochentero es deliciosa pasando por artistas, como: T-Rex, AC/DC, Jerry Lee Lewis o David Bowie. Por su parte, el largometraje sirve para brindar un precioso homenaje tanto para el fallecido cineasta Tony Scott, como para Val Kilmer, quien retoma su papel de Top Gun a pesar de estar afectado por un cáncer de garganta. Junto a Cruise protagoniza la escena más bella de la película. 

Un trabajo que ha sido comparado con el desempeño que obtuvo Mad Max: Fury Road (2015). Largometrajes que nadie había pedido y que sin embargo, saben  anteponerse con creces al legado marcado por sus predecesoras. Ambos espectáculos demuestran que vivimos en una era donde el abuso de los recursos audiovisuales, están dilapidando la espectacularidad de la industria. Aún quedan alocados profesionales dispuestos a crear efectos visuales realistas, jugándose la vida en muchos casos para impresionar las expectativas del espectador. Porque de eso va el cine, de romper las líneas de lo terrenal. Top Gun-Maverick es un espacio donde ser feliz, porque es palpable el compromiso del equipo por entregar un buen producto. Terminando a su vez, por dar una importante lección sobre la responsabilidad y el sacrificio que implica pertenecer a los cuerpos de seguridad, incluso aunque el espectador no sea muy partidario de ideales patrióticos. El espectador vive la historia en primera persona, captando perfectamente el aire ochentero que emana la cinta, entre frases emblemáticas lapidarias o recreaciones de escenas icónicas. Si le sacamos punta podríamos decir que a rasgos generales no innova (hasta guarda pequeñas similitudes con la saga Misión Imposible), pero funciona a todos los niveles y eso, es mucho decir en los tiempos que corren. Lo importante es que el traspaso del legado tan común en las secuelas, aquí está perfectamente justificado, pues se percibe un trabajo arduo por elaborar profundo peso emocional. Contra todo pronóstico una de mis películas favoritas de lo que llevamos de año. 

NOTA: 4,5/5

Juan Carlos Aldarias.

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