Crítica de ‘La Trinchera Infinita’, de Jon Garaño, Aitor Arregi, José Mari Goenaga.

ImagenTras componer dos de las obras más destacables de nuestra filmografía reciente (Loreak, Handia), Jon Garaño y Aitor Arregi vuelven a ponerse tras las cámaras, a los que se suma la incursión de José María Goenaga, como tercer director de este nuevo proyecto, que toca los efectos de la Guerra Civil como nudo de la acción. Una de las grandes triunfadoras del pasado Festival de San Sebastián, y uno de los grandes títulos a batirse en duelo en la próxima temporada de premios. Concretamente, ficción la historia de una de estas personas que se vieron obligadas a atrincherarse en su casa durante décadas con el estallido de la guerra. Este grupo de cineasta vascos, narran con astucia el desolador testimonio, de uno de estos denominados “topos”, con la Andalucía profunda como escenario de representación.   

En la España de 1936, Higinio Blanco se encierra en su casa por miedo a las represalias al ver que a varios de sus compañeros los han fusilado. Su mujer le hace prometer que se quedará escondido siempre que ella no esté, sin saber que ese encierro se alargaría hasta 1969 y que, como consecuencia, crearía problemas entre ambos al verse lidiar con todo ella sola, sin poder contar con el apoyo de su marido y padre de su hijo. Junto a ellos, en una historia de secretos y mentiras, rodada en diferentes localidades de Andalucía y el País Vasco.Los directores vuelven a sorprender con su apabullante dominio para crear un espacio técnico sorprendente, que facilite la experiencia inmersiva del espectador. Aunque apenas puede verse nada, en el angosto espacio donde trascurre la mayor parte de la historia, se pone atención en iluminar la oscuridad, siempre podemos ver y escuchar, perfectamente todo lo que ocurre. El diseño de sonido es un personaje más, el cuidado para imitar cada efecto de tierra, rasguño, disparo, respiración… componen una cinta sensorial, que facilita la empatización emocional. El cuidado trabajo de vestuario, maquillaje y peluquería utilizados para narrar la evolución espacio temporal, no le falta detalle a este largometraje, que quizás no descubra nada nuevo. En la memoria nos queda la obra clásica de Alberto Méndez, Los girasoles ciegos, que ya abordaba la visión de estos refugiados, pero que sigue siendo necesaria poner de manifiesto su historia, en nuestros días. 

Una historia en la que el peso recae sobre el vinculo de sus personajes protagonistas. Sorprendentemente, Belén Cuesta consigue robar la atención del espectador, a pesar de no ser la principal protagonista, aunque en más de una ocasión sus planos no nos dejan vislumbrar su figura al completo, o se componen por una voz en off. Entrega el que podría ser hasta el momento, el personaje más complejo y mejor logrado de su carrera. Este desgarrador relato que expone las diferentes caras del amor, desde ese florecer, alimentado por la unidad de la pareja, la pasión carnal tan ansiada, como incomoda por la presión de los acontecimientos… evolucionando hacía un clima abrupto, en el que el tiempo desgasta los sueños de esperanza de sus protagonistas, quedando subyugados por sus decisiones. En el otro lado, encontramos al siempre notable Antonio de la Torre, volviendo a superarse desde el cautiverio. Un actor que parece disfrutar de la adrenalina del reto interpretativo, cada personaje que entrega, sube un peldaño. Su Higinio, muestra la imagen más descanada y vulnerable del ser humano, que al igual que el personaje de James Stewar en La ventana indiscreta, observa inmóvil los acontecimientos de una vida que comienza a sobrepasarle, viendo como la estabilidad de su vida, pende de un hilo. Los cara a cara entre de la Torre y Cuesta, componen uno de los mejores duelos interpretativos de los últimos años, con esa relación amorosa, que está narrada en susurros. Es imposible no empatizar, ante el sentimiento de injusticia que saben generar estas historias sobre las secuelas que es capaz de dejar una guerra. A rasgos generales, una obra excelente, que quizás solo patina cuando muestra los delirios fantásticos, a la par que coherentes, de su protagonista.

Su división temporal, se basa de pequeñas adhesiones del diccionario para prevalecer sutilmente los acontecimientos venideros.  Irónicamente, palabras como desenterrar o amnistía, tan presentes en nuestra sociedad actual, componen parte de ese lenguaje que rodea La trinchera infinita. Un acontecimiento histórico que ochenta y tres años después, continúa teniendo peso sobre nuestras memorias, victimas de un conflicto político del que aún deja secuelas en las presentes generaciones. Estamos ante una película notable, nacida para cambiar nuestro tiempo.  No se la pierdan. 

NOTA: ★★★★

Juan Carlos Aldarias.

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